El secreto poder de prestar atención

Nuestra mente no puede pensar y prestar atención al mismo tiempo. Una afirmación en apariencia simple y trivial que, no obstante, encierra uno de los conceptos más profundos y trascendentes en nuestra existencia humana. Este pequeño hecho determina la forma en la que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás; con los diversos aspectos de nuestra vida personal y profesional. Es una de las claves para cultivar una vida más sabia y despierta, y una poderosa herramienta para develar en nosotros la plenitud y felicidad que todos aspiramos.

Hoy es común leer o escuchar que para ser felices hay que vivir más en el presente, que hay que soltar nuestros apegos, que hay que dejar ir todos aquellos pensamientos que no nos hacen bien. Conceptualmente suena convincente, pero ¿cómo demonios se hace eso? ¿Cómo se hace para estar más en el presente cuando la pila de emails es interminable, cuando las cuentas no nos cierran, cuando cada vez que hablamos entorpecemos más una relación que es significativa, cuando sentimos que los años se nos escapan como agua por entre los dedos?

¿Te has dado cuenta de que, entre más ansiamos y planeamos una ocasión especial, cuando llega, más efímera y superficial nos parece? Esto aplica tanto para cosas tan cotidianas, como comernos el pastel de chocolate que tanto nos gusta, como para aquellos momentos que catalogamos como importantes, como la boda de un hijo o la visita de un ser querido que no hemos visto por mucho tiempo.

Una de las grandes paradojas de la felicidad es que mientras más la buscamos, menos la encontramos. O puesto en positivo, entre menos nos preocupamos por ser felices, más lo somos. De esta misma forma, entre menos racionalizamos sobre nuestra experiencia presente, más la disfrutamos. En ejemplos concretos, entre menos pienso en lo rico que está el pastel de chocolate cuando lo tengo en la boca, más intensas son las sensaciones gustativas. Entre menos pienso en las implicaciones de nuestra hija sobre el altar, más disfruto ese momento tan especial.

Entre menos racionalizamos sobre nuestra experiencia presente, más la disfrutamos

Nuestra mente tiene cualidades maravillosas. Nos permite planear, crear, recordar… hacer todo aquello que nos distingue como especie. Pero también, entre sus características encontramos que no le gusta estar en presente. Nuestra mente se siente más cómoda evaluando constantemente el entorno, proyectando los escenarios más probables y recordando experiencias pasadas que nos pueden servir para enfrentar cualquiera de estos escenarios de la manera más segura y eficiente posible. En otras palabras, vive oscilando constantemente entre el pasado y el futuro.

Gracias a nuestra mente es que hemos llegado hasta donde estamos. Esta capacidad nos ha permitido superar los peligros que nos han amenazado desde nuestro surgimiento como homo sapiens. Durante siglos, ha hecho posible que no nos comamos aquella fruta que, en apariencia es rica, pero que es venenosa, que no nos acerquemos nuevamente a ese lugar en el que puede haber un león, o que no confundamos una serpiente por una varita.

Pero conforme nuestros peligros fueron mutando del terreno físico al psicológico: del león a perder el empleo, de envenenarnos con una fruta a sentirnos rechazados por un grupo o persona, dotamos a nuestra mente de un terreno permanentemente fértil. Porque la presencia del león o la serpiente es temporal. Llegan, nos escondemos o alejamos, y se van. En cambio, la posibilidad de sentirnos rechazados, o de sabernos emocionalmente vulnerables, siempre estará ahí.

Por el contrario, nuestro cuerpo siempre está en el presente. Las sensaciones físicas que percibimos a través de nuestros sentidos suceden, sin excepción, en el aquí y el ahora. No existe tal cosa como oler o sentir algo que sucedió en el pasado. Podemos recordar las sensaciones que tuvimos, pero no es lo mismo que sentirlas. No es lo mismo sentir nuestro pie, que pensar que lo estamos sintiendo (aunque por extraño que parezca muchas veces tendemos a confundirlos).

Cada vez que posamos nuestra atención en las sensaciones de nuestro cuerpo, estamos anclándonos en el presente. Y, como consecuencia de pedirle a nuestra mente que se ocupe de prestar atención a dichas sensaciones, la actividad mental se detiene, aunque sea por un instante. Irremediablemente, la mente va a tender a aquel terreno en el que se siente cómoda: el terreno de los pensamientos. Es decir, instantes después, la actividad mental volverá. Pero ahora sabemos que siempre traemos con nosotros la llave para regular, a nuestra conveniencia, ese balance entre el pensar y el prestar atención; entre el recordar y planear (y con ello, muchas veces, entre la ansiedad y preocupación) y el entrar en contacto directo con nuestras experiencias.

Mientras nuestra mente va y viene, entre el pasado y el futuro, nuestro cuerpo siempre está en el presente

Cabe aclarar, que cuando hablo de prestar atención a nuestras sensaciones corporales, no me refiero únicamente a la imagen idealizada de sentir una caricia en la piel, el viento en la cara, u observar los tenues rayos del atardecer. También me refiero a sentir la contracción en el estómago cuando sube el tono de una discusión profesional, o a notar dónde se siente esta o aquella preocupación. Me refiero a prestar atención a lo que nuestro colaborador nos está diciendo, a sus gestos, a sus expresiones corporales, en lugar de proyectarnos en la narrativa o estar pensando en lo que queremos que nos diga o lo que vamos a responder.

Es como tener a la mano una llave de paso que abre un cable a tierra, o mejor dicho, un cable al momento presente. Que entre más usamos, más fácil es recordar que la tenemos. Entre más entrenamos nuestra atención, más disponible estará para nosotros. Éste es el principio básico de la meditación. Es como llevar nuestra mente al gimnasio.

John Lennon dijo: “La vida es eso que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes”. Esa vida que sólo sucede en el momento presente. Que es frágil y efímera. Esa vida, nuestra vida, con todos sus matices. Con lo que nos gusta y lo que no nos gusta. Con lo que nos sale bien y lo que no. Esa vida que, a pesar de todas sus dificultades, es maravillosa e irrepetible. Esa vida que sólo realmente vivimos cuando prestamos atención.

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