El estrés en la paternidad

La paternidad puede llegar a ser muy estresante. Ésta viene acompañada de muchas demandas y exigencias que surgen con la llegada de un nuevo ser. Por ejemplo:

  • Demandas económicas, para hacerle frente a los gastos de alimentación, educación y salud
  • De tiempo y atención, desde las desveladas interminables hasta el minucioso cuidado que requiere todo recién nacido
  • Nuevas expectativas sobre cómo crees que debes de ser como papá
  • Y también las expectativas (y frustraciones) sobre cómo es tu hija o hijo y su comparación respecto a cómo te imaginabas que iba a ser

Es importante tener en cuenta que es perfectamente normal que todas estas nuevas demandas y exigencias nos generen preocupaciones, estrés y ansiedad.

Cuando es nuestra primera vez, nos enfrentamos a situaciones que nunca antes hemos experimentado y que, por lo tanto, nos obligan a aprender nuevas formas de actuar y relacionarnos, tanto con el bebé como con nuestra pareja y familiares.

Si no es la primera vez que somos padres, con la llegada de un nuevo integrante de la familia, las exigencias aumentan y, con eso, aumentan nuestras preocupaciones respecto a poder “estar a la altura” con nuevo tamaño familiar.

Sin embargo, es importante también entender que transitar la paternidad sumidos en preocupaciones, estrés o ansiedad no sólo nos puede causar problemas de salud, sino que, inevitablemente, también nos llevará a perder contacto con el momento presente y, por lo tanto, a perdernos la oportunidad de disfrutar la maravillosa experiencia de ser padres.

Es decir, podemos estar cuidando, abrazando, jugando o haciendo cualquier otra actividad con nuestra hija o hijo, pero no estar realmente ahí. Pues, mientras estamos frente a ese maravilloso ser, nuestra mente estará oscilando entre el pasado y el futuro, entre recuerdos y tareas por hacer, divagando en las interminables historias que nos contamos a nosotros mismos.

En otras palabras, podemos estar físicamente ahí, mientras nuestra mente está en otro lado.

Esto ocasiona que no podamos “vivir de verdad” la experiencia y, con esto, disfrutar de ese momento único de nuestras vidas.

Puede sonar a cliché, pero es muy real. Nuestros hijos crecen muy rápido y, si no estamos realmente ahí para ellos, un día nos daremos cuenta de que el tiempo pasó y nosotros desperdiciamos la oportunidad de gozar de su conexión y presencia.

La buena noticia es que podemos re-entrenarnos para estar más presentes y vivir nuestra vida con mayor plenitud, incluyendo la relación y convivencia con nuestras hijas e hijos.

A través de las prácticas de Mindfulness aprendemos a gestionar nuestros pensamientos y emociones de una manera tal que estos no interfieran con nuestras vidas. Es más, con estas prácticas logramos incorporarlos como parte integral de quiénes somos y de todo lo que vivimos.

La idea fundamental es que, cuando te sientes a jugar, colorear, ver una peli, comer o hacer cualquier otra actividad en compañía de tu hija o hijo, lo hagas integrando plenamente tu cuerpo, mente y corazón. Este es el mejor regalo y herencia que les podemos dar.

El abrazo de las tres respiraciones

Un ejercicio simple, pero muy profundo y transformador, que te sugerimos que lleves a la práctica, es el “abrazo de las tres respiraciones”.

El abrazo de las tres respiraciones consiste en tomar en brazos a tu hija e hijo y, de ser posible, hacer contacto pecho con pecho. Desde esa posición de cercanía, hacer tres respiraciones profundas y conscientes, conectando con todos tus sentidos. Entre otros, con el movimiento del aire que entra y sale, con los olores, con los sonidos.

Por sencillo que parezca, verás que, al terminar estas tres respiraciones, la conexión entre ustedes se habrá profundizado y te darás cuenta de lo trasformador que es centrarte en el momento presente, aunque sea por un breve momento, en compañía de maravilloso ser que tienes en tus brazos.

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